Sobre el noble oficio de escribir

Descripción o sinopsis: 
Del porqué escribo
Texto: 
escribir.pdf — Descargado 22 veces
Licencia: 
Todos los derechos reservados
Votos: 
5
Average: 5 (2 votes)

Comentarios

Imagen de Inés Ferto

Ya que has compartido con nosotros lo que te impulsa a escribir, aprovecho para compartirlo contigo yo también.
Escribir es una voluntad. Ocurre desde dentro. El movimiento puede pasar muchas veces imperceptible. Tiene la misma fuerza de un paso adelante. Me pongo de pie. Espero. Espero... y nada. Porque si hay determinación, se esconderá. Es un tímido movimiento de voluntad. Tiene la misma fuerza de los tímidos, de la persistencia de los débiles. Es una fuerza antigua y sumamente delicada, la misma de las montañas. Es una fuerza que respira silenciosamente la eternidad. Yo sigo de pie. Respiro. Al menos, eso supongo, sino no podría estar escribiendo aquí estas líneas ahora mismo. Concluyamos entonces que estoy de pie y respiro. Todo mi peso descansa sobre la tierra. Todo mi cuerpo. Mis pestañas y mis muslos se apoyan sobre la tierra. Entonces soy un árbol y un monolito. Soy un hierbajo, un grano de trigo. Soy un pez y un toro obstinado. Este movimiento es tendencioso, testarudo, tímido. Mientras me trueco en formas, el ritmo se instala inquieto en alguna parte de mí.

No hay calma. Este movimiento y esta voluntad son la tensión de los volcanes antes de vomitar su lava candente. Son la ansiedad del asesino, apenas unos segundos antes de cometer el crimen. Son el mismo movimiento que lleva hacia la vida o la muerte. Estoy viva gracias a muchas muertes. Cada vez que un personaje toma vida en una hoja incluso me da su sangre en tinta que circula, curiosamente, por mis venas. Cada vez muere dentro de mí para vivir fuera de mí. No es un asesinato convenido. Es una fuerza mayor como en cualquier destino. Si no mueren, agonizarán en mí. No hay escapatoria. Yo sigo de pie, respirando, esperando. Nada digo, ni tan siquiera murmuro. Puede suceder en cualquier lugar. Me veo obligada a estar en el sitio más adecuado. En casa, en soledad. Si me asalta y no estoy en el mejor sitio , volverá con más fuerza para vengarse por mi traición, por no haberle esperado lo suficiente. Puede que incluso me postre en la cama para obligarme a esperarle. Yo espero entonces acostada, agotada. Puedo estar por la calle y he de volver a casa corriendo. Su urgencia no perdona.

Aquí estoy de pie, respirando. Sale el paso hacia delante desde mis entrañas, desde la boca del estómago. Como un paso, como un vómito. Luego escribo. No sé si habría de poner el verbo en primera persona. Porque en realidad no sé quien escribe. Ni antes, ni después. Mientras, sé que físicamente lo estoy haciendo yo. Yo misma. Me leo, escribo, releo, cambio. Soy yo, o mejor dicho: es mi cuerpo quien lo ejecuta, es mi mano, es mi brazo. Antes no tengo conciencia de que sea yo. Después, muchas veces me pregunto quién habrá escrito lo que yo he escrito (es mi letra, es mi sangre). ¿Y esto lo he escrito yo? Y puedo descubrir una pequeña frase que me gusta, quizás incluso, a veces, una imagen. Lo habré hecho yo, deduzco. No había nadie más. Estaba en casa, sola, esperando. Supongo que a muchos asesinos les sucede lo mismo. ¿He matado yo? ¿He sido capaz de esto? . Al final, la mayoría de las veces, me quedo agotada otra vez. Es un agotamiento diferente. Al final me quedo sin sangre, vacía. Necesito tiempo para recuperarme. Necesito un duelo para acabar de morir.

Escribir también es una despedida. No de amigos. No de un enemigo. No de familiares. No de un amante. Si no de un lugar en el que he habitado y en el que viven amigos, enemigos, familiares, conocidos y desconocidos, amantes y un amor, todos juntos respirando el mismo aire y con infinitos deseos. He tardado 20 años en comprenderlo. He necesitado 20 años para respetarlo. Respetarme. Hasta dicho momento he muerto. He llorado, me he desgarrado. He muerto. He agonizado. He muerto, he dicho.

¿Cómo fueron sucediéndose las fases? No fue que comprendí un día. No fue una luz que se hizo. Fue un desliz hacia otro camino. Caminos hubieron dos. Uno en el que me perdí y otro en el que me encontré. Hubo que aprender a esperar. Fue lo más difícil. Es lo más difícil. Estoy convencida de que cuando sepa esperar, escribiré novelas muy largas. El sentido es fugaz como el desliz. Un relato largo es acompañar la espera del desliz, el ritmo de la fuga. Acompañar un timo. Acompañar la muerte. Caminar a su lado y esperar la conclusión sin apenas intervenir. Pero un día me pareció que todo era escritura. Que así la vida era más soportable. La única forma. Única. La soledad se hizo más necesaria.

Incluso vital.

La soledad que siempre he sentido como si estuviera ajena a todo lo demás, a la vida, pero no a la muerte. Desde otra orilla. Pero no lo entendía. Lloraba desde esta orilla y veía más allá el barco que había partido. Allí, allí estaban felices y yo los veía, desde aquí, lejos. Lejos. Lejos. Repite la palabra “lejos” como un autista. Lejos. Lejos. Tiene un movimiento. Es cadencioso. Es una nana. Lejos me mece la vida. Lejos la veo pasar. Toda una vida sintiendo nostalgia. Y la vida estaba aquí, meciéndome. No lo sabía. Yo miraba a la otra orilla. Allí veía a los humanos. No los entendía porque no los escribía. Pero un día todo se transformó en “escribible”. Podía contar sobre la nana, sobre la nada. Vivir arrancó un sentido. Vivir mató. No el vivir, sino vivir en sí mismo. Porque ver la vida para escribirla da respuesta a los cómo. No siempre. Siempre no hay. Es un segundo, un movimiento que nace del embarazo de muchos años o de muchos segundos. Lo primigenio sólo se perfila con la poesía. Lamentablemente no soy poeta. Sólo veo y escribo, describo. Y veo que me miras. Veo la historia de tu mirada. A veces puede que llegue a intuir la historia de tu mirada. Si no, me la invento. Toda invención es tan verdadero como la verdad en sí misma. Quizás sea la historia de una posesión. Poesía. Poseía. Detener el temblor en la mano, por un segundo. Luego se desliza. Se pierde en un ancho mar.

A los 15 años me prometí que no escribiría jamás. Jamás sería un Borges, ni Cortázar, ni Ciro Alegría, ni Alfonsina Storni, ni Calderón de la Barca. A los 40 leí a Fellini. Me hablaba a mí y escribir ya era un hecho natural. Vital. Leí lo que estaba esperando toda mi vida. Cada vez que me asesino debo recordar a Fellini para volver a la vida. He estado muerta todos estos años. No recuerdo una frase. Sólo sé. Sé que a través de Fellini volví a la vida. Y vuelvo cada vez que regreso a mi muerte. Ya antes había regresado al escribir, pero sin creerlo. Sin fe. Sin amor a la vida. Ahora necesito descansar. Y me quedo quieta. Respirando. Esperando la certeza del impulso del movimiento intentando atraparlo con palabras.

Imagen de fotinst

Gracias por tu regalo. Un lujo tenerlo en esta página.

Saludos.

Imagen de Inés Ferto

Hola, de nuevo.
Después de contestarte se me ocurrió preguntarlo a los demás jiji. Así que copié lo que te había contado que me salió a bote pronto. ¿Podré contar con que amplíes para todos tu visión?

Un abrazo

Imagen de fotinst

¿A bote pronto te salió ese pedazo de escrito? ¡Por todos los dioses para los que crean en ellos! ¡Me va a ser difícil decir algo distinto de lo que tu has expuesto! Ahí están todas las razones, ahi están todos mis motivos reflejados, no hace falta añadir más... por aquello de la economía de escala.

No obstante si voy a añadir algo que descubrí hace unos años, justo cuando empezaba a navegar por este, a veces, proceloso mundo que es "La Red" y que me sorprendió. Escribo por amor y para preservar la supervivencia de nuestra especie. Así de simple y así de complejo. Por amor a la belleza de lo único que nos diferencia de los animales irracionales y nos eleva a la categoría, ideada por nosotros, de racionales: la escritura. La vilipendiada y denostada escritura objeto de furibundos ataques en pro de una supuesta modernidad que amenaza con destruirla. La escritura está en peligro de extinción y desde hace unos años me declaro -en el lugar que haya que declararse- ecologista de la palabra escrita. Me declaro defensor de la palabra completa, original y entendible. Me declaro defensor del respeto a todas y cada una de las letras que componen la palabra escrita. Me declaro defensor del acento, los signos de puntuación y, si hace falta, las diéresis. Soy un enamorado de la ortografía a la que he sido infiel en muchas ocasiones -para mi justificación diré que es producto de la Babelia en que vivimos- pero que adoro como diosa pagana: quemándome las pestañas a la luz de un flexo por conquistarla.

Y escribo para preservar nuestra especie. No quiero que la escritura se reduzca a simples signos intentando que todos quepan en nuestro cerebro. Minimizando, por no esforzarse por ella, la escritura, disminuirá nuestro cerebro y, con ello, nuestra capacidad de comunicación. Y la comunicación es lo que nos permite a tod@s estar, por ejemplo, en foros como éste y darnos cuenta de que a pesar de nuestras miserias, somos capaces de entendernos y hacer que el engranaje de la vida continúe.

Imagen de Pilar

Fíjate que tienes gracia para cerrar los textos, y eso es algo que muchos quisieran. Pues el final, el remate, es indispensable.
Ahora que tu texto plantea la pregunta, por qué escribo? Mi respuesta sería, porque no tengo de otra, porque al igual que tú, vivo una experiencia muy cotidianda, nada extraordinaria, que a muchos otros ya no les haya pasado, y mi única gracia es ponerla en palabras.
Saludos desde el sur de Chile!

Imagen de fotinst

Gracia, don, reto y pasión combinación necesaria para hacer que las cosas sean extraordinarias.

Saludos desde el corazón de la Costa Brava (Girona)

¡Colabora con LN!

   ¡Danos ideas o sugerencias!   Colabora con LN

Visita también: